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Alejandra Pizarnik (Buenos Aires 1936 -1972) responde el cuestionario de Proust en un ejercicio de apropiación literaria de sus Diarios. Editorial Lumen. Segunda edición: enero de 2014.

 

1. ¿Cuál es su mayor temor?

tanto miedo Alejandra
tanto miedo
la nada te espera
la nada
¿por qué temer?
¿por qué?

 

por más imaginación que tenga
no puedo esbozar la muerte
no puedo pensarme muerta
¿he de tener esperanzas?
¿he de ser eterna?
¿Qué es entonces este vacío que me recorre?
¿qué es entonces la nada que camina por mi ser?
Sólo sé que no puedo más

 

siento envidia del lector aún no nacido
que leerá mis poemas
yo ya no estaré

 

2. El principal rasgo de su carácter.

Juegos constantes con el suicidio no implican más que una muy alta vocación sexual.

Si pudiera tomar nota de mí misma todos los días, sería una manera de no perderme, de enlazarme, porque es indudable que me huyo, no me escucho, me odio y si pudiera divorciarme de mí no lo dudaría y me iría.

 

3. La cualidad que prefiere en los hombres.

Es muy tarde. Estoy cansada. Solo me veo a mí. De vez en cuando pienso en ÉL. O en mis libros. O en la soledad anhelada.

 

4. La cualidad que prefiere en las mujeres.

Su rostro tan bello parecía soñado. En la mitad de una descripción de Alejandría se desnudó. Dije que no quería hacer el amor. Sonrió, dijo que podíamos dormir en perfecta unión fraternal.

Así fue. Creo que me sentía dichosa. Mais tu es un enfant, decía. Su rostro tan bello. Mis deseos confusos, difusos. Noche de amor demasiado sutil, y no obstante, nunca me sentí menos separada del universo.

 

5. Lo que aprecia más en sus amigos.

Recuerdo que yo me prometí ir a Francia, me dije que no aguantaba más mi infierno con mis amigos, con mis padres. Lo que más me dolió siempre en mi vida de Buenos Aires era la vergüenza de mi soledad.

Ahora sería la hora de andar a solas en amistad con mi delirio.

 

6. Su principal defecto.

El deber podría aminorar mis enormes sentimientos de culpa. Pero yo empecé siendo maldita…

 

7. Su ocupación favorita.

Tengo todo lo necesario para sufrir, pero me consuelo escribiendo poemas.

Curioso: sé “interrogar” en poesía. No lo sé en prosa. Quiero decir: sé estudiar un poema-breve, naturalmente. Cuando se trata de prosa entro en la confusión.

 

8. Su idea de la felicidad completa.

Deseos de escriturarme, de hacer letra impresa mi vida.

 

9. ¿Cuál sería su mayor desdicha?

Anoche, después de meses, hice lo que odio: abolir el tiempo de una única manera bestial: emborracharme y fornicar.

 

10. Si no fuese usted mismo, ¿quién le gustaría ser?

El mar firma con su seudónimo.

 

11. ¿Dónde le gustaría vivir?

Mi manera de vivir en París era magnífica.

 

12. Su color preferido.

El silencio de la noche oscura.

 

13. La flor que más le gusta.

«La culpa está en la lila que no florece».

 

14. El pájaro que prefiere.

La pájara del ojo ajeno.

 

15. Sus autores favoritos en prosa.

Condenada al orgullo mental, a viajar entre los fantasmas de Kierkegaard y de Kafka, a causa de que me dijeron no cuando yo pedía, hace milenios de esto pero no lo olvido.

Le bleu du ciel, de G. Bataille. Todo libro importante parte de las obsesiones de su autor. Así soy yo, si no muero muy pronto, escribiré la historia del «rostro que tengo en las entrañas dibujado».

Envidio profundamente a Virginia Woolf. La mente humana es un misterio.

 

16. Sus poetas preferidos.

Recibí una carta de Yves Bonnefoy. Se refiere a la «intensidad seria y serena de mis poemas que pueden iluminar de súbito toda una distancia». Seria y serena: he aquí lo que no soy y que sin duda soy en mis poemas. O sea, en ellos soy la que quisiera ser.

Abandono la lectura de la Antología de G. [erardo] Diego. Mi deseo de ser Octavio Paz es un absurdo, a mí me cuesta adquirir una cultura enciclopédica. A él no le cuesta nada porque es un intelectual innato. Por otra parte, la lectura de los españoles solo puede darme esa falsa soltura que los vuelve formales y vacuos. De algún modo es una suerte mi incultura españolizante. Lo que me interesa, sí, es leer a los propios, a los familiares, a los entrañables. Leerlos y releerlos.

Al despertar pensé en Nerval y me dije: ¿Por qué no haré también yo un esfuerzo por aclarar lo que me obsesiona? Y decidí anotar todo lo que se refiere a mi sentimiento de orfandad.

 

17. Sus héroes en la ficción.

Releo a Cervantes. Solo Don Quijote me ayuda.

 

18. Sus heroínas de ficción favoritas.

¿Y quién soy yo para crear personajes? Mi único drama, el drama central, es el lenguaje.

 

19. Sus compositores preferidos.

Bob intentó una nueva canción llamada «le lien de la separation» (fui yo quien la llamó así). En lo oscuro, mi voz en lo oscuro, era agradable mi voz, tan grave, tan caliente, pero no era eso, no era eso de ningún modo. Una voz arrasa con todo. De pronto salió, ¿qué salió?, salió un ronco lamento, por supuesto. Voz como golpes en una puerta cerrada.

 

20. Sus pintores favoritos.

Nadie más infiel que Van Gogh. Nadie más cruel que Goya.

Ojalá pudiera yo pintar en vez de escribir.

 

21. Su héroe de la vida real.

Sí. Un hombre solo. Un ser solo. Siento remotamente. Siento en mi pecho todos los esfuerzos humanos: desde el hambre del Buda hasta el de César Vallejo. Desde la curiosidad de Eva hasta el cántico de la ciega. Desde el ruego de Raquel hasta mi orgasmo oculto.

 

22. Su heroína favorita en la vida real.

Me impresionó mucho lo que nos dijo ayer A. sobre su imposibilidad de sentirse ella misma, con su propio nombre, su propio pasado, sus propias circunstancias. Yo pregunté: «Entonces, ¿es algo así como una ausencia?». «Sí», dijo. Entonces le dije que mi sueño es llegar a ser como ella, a ese casi anonimato dentro de una misma.

 

23. El hecho histórico más deplorable.

Lo que fue es lo que menos cuenta, al menos ahora, en que el ser se aduerme, cae en el deslumbramiento de sí mismo. Como descubrir que tengo un rostro, par example. Un rostro también yo, también yo tengo un rostro como los otros, a pesar de todo y de todos.

Viene mi tía. Masoquísticamente, habla de Hitler y del antisemitismo. La tranquilizo. ¡Siempre con lo mismo! Estos días, Dormusch me «obligó» a tomar un poco de consciencia sobre mi condición de judía. Lo hago a pesar mío. ¡Si solo fuera por eso! Mi angustia no permite lamentos intrusos. Exteriormente, me siento fuerte, capaz de soportar cualquier cosa. Si me asesinan, ¡tanto peor! ¡Si no lo hacen, tanto mejor! ¿Verdad, A.[ndré] Gide?

 

24. La comida y bebida que más le gustan.

Reconocido mi naturaleza viciosa: necesito vivir ebria. Si no es de alcohol que sea de té, de café, de ácido fosfórico, de tabaco muy fuerte. Necesitaría drogas: no las tengo, no las busco. Cuando no tenga que despertarme al alba para ir a trabajar «para vivir» me procuraré los «olvidantes» más poderosos. Esto no está mal ni bien. Esto demuestra, simplemente, que algunos no pueden vivir.

 

25. Sus nombres favoritos.

S., D., M., A.

 

26. Lo que detesta por encima de todo.

La moral es la gramática del deseo. Tal vez sea útil pero lo útil, en mi caso es inútil.

La moral, mi tentación perpetua, es la muerte del arte.

 

27. El hecho militar que más admira.

Que se vayan a la mierda no es un simple decir. Pero tampoco es suficiente. Esas sonrisas a medias te hienden en dos partes perfectamente doloridas.

 

28. La reforma o cambio social más admirable.

Vos sabés que una madre judía no tiene vagina, solamente tiene amor para sus hijos y sangre que sea derramada en caso de que haya que defender a sus hijitos. La V. María fue una idishe mame tan genial como la mamá de Freud o como la mamá de Einstein. En verdad, el Occidente ha cambiado y seguirá cambiando en tanto exista una madre judía. Pensá en la de Marx, haceme el favor. Todas gordas y temerosas aunque capaces de emular en cualquier momento a Juana de Arco si se trata de salvar al nene o a la nena.

 

29. El don de la naturaleza que quisiera poseer.

Una criatura vegetal crece

con las lágrimas que llora.

 

30. Cómo quisiera morir.

Gestos lentos, gestos fantasmales, gestos anómalamente serenos. Murmullo de labios asistiendo con una dulzura imposible, como soñada. Aquella noche en Belleville el Hôtel de l’Espoir. Andaba buscando quien me asesine, l’espoir, algún demente fugitivo, l’espoir, alguna exterminación lenta o súbita entre tantas ruinas, l’espoir de mourir.

 

31. El estado actual de su espíritu.

Estoy enferma del corazón.

 

32. La falta que le inspira más indulgencia.

Cuando hablo siento que me traiciono, y también me traiciono cuando escribo. No se me oculta que esto deriva de mis deseos (demasiado intensos). El lenguaje es la valla de los deseos, el lenguaje los recorta y los encierra. La tremenda intensidad de un instante amoroso es indecible. No es un desafío al lenguaje pues el lenguaje no existe en un momento así. Hablar o escribir es mi mayor ingenuidad. Tratar de contener lo que se desborda. Entonces, nada más paradójico en mí que la escritura o el diálogo. Lo mío es el abrazo sexual, el sueño, la embriaguez, las alucinaciones. Dominio acechado por lo externo y sus necesidades. Hablo y escribo para defenderme, para ganar mi espacio silencioso. Ningún poema puede dar cuenta de la intensidad de los deseos.

 

33. Su lema.

El arma del poeta es la locura. El arma del poeta es la alarma. Toque de alarma.

 

 


 

Sobre el ilustrador:

Miguel Devia (1993) se dedica a la ilustración y la pintura. Nacido en San Cristóbal, Venezuela, desde temprana edad ha realizado diversos cursos de dibujo, y actualmente estudia diseño gráfico en la Universidad de Los Andes, en la ciudad de Mérida, donde ha colaborado y participado en diferentes eventos. Su trabajo se mueve alrededor de la conexión entre las personas, su entorno, las emociones y los sentimientos que evocan.

 

Nota bene: Si el lector está interesado en la paginación de las respuestas, expréselo en un comentario y con gusto guiaremos su pesquisa.

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