El día había amanecido de neblina espesa y frialdad que se fueron disipando a medida que el autobús bajaba por la Panamericana. Esta vez, venir desde San Antonio de Los Altos –donde vivo– suponía una ventaja en mi desplazamiento sobre los caraqueños. El autobús avanzó por la autopista, se incorporó a la Av. Bolívar y me dejó en la esquina de unos edificios de la Gran Misión Vivienda, justo frente al museo. La zona –al menos de mañana– está custodiada por militares armados inertes y policías bolivarianos que dirigen el tráfico y ofrecen cierta sensación de seguridad al cruzar la calle.

 

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Bajé la guardia y saqué la cámara cuando estuve dentro de los confines del Museo de la Estampa y del Diseño Carlos Cruz-Diez (MEDI). Era temprano y hacía sol, así que me dediqué a mirar mientras Álvaro llegaba; son pocas las oportunidades de contemplar sin paranoia esta zona de Caracas. El sobrio edificio del Museo, preciosamente diseñado por Horacio Corser, se veía mínimo, menor, entre los gigantescos bloques coloridos que lo rodean. Desde la puerta vi entrar un carro compacto con un hombre que saludaba y sonreía al volante. Era Álvaro González Bastidas, el popular, el inasible.

 

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Álvaro es de las personas que están en constante acción y movimiento. Aunque muchos artistas, curadores y coleccionistas han pasado por su taller de San Román a confiarle el montaje y la encuadernación de proyectos, libros de artistas y otros dispositivos, el rastro de su recorrido es huidizo. Es curador, conservador especialista en papel y libros raros formado en el Centro Nacional de Conservación de España y en la División de Libros Raros de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América; ha fungido como asesor y miembro directivo en diversas instituciones culturales, patrimoniales, colecciones y archivos, tanto públicos como privados, nacionales y extranjeros. Actualmente es jefe de la Unidad de Conservación de Patrimonio del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA).

 

En la entrada, el recepcionista nos pide los bolsos, los nombres y la autorización, pues “las órdenes son que no se pueden hacer fotos, ni reportajes, ni nada de eso en las instalaciones sin previo permiso y autorización de la dirección del museo”, nos advierte.

 

—¿Quién está de director aquí ahorita? Dígale que es Álvaro González; yo hice este museo.
—¿Usted es el arquitecto?
—No, yo lo armé y lo abrí.

 

 

Yo sabía que Álvaro había sido parte de la directiva del MEDI, pero esta información es nueva para mí. El Museo es un millenial de 19 años recién cumplidos, pero la historia de su nacimiento –más allá de la fecha– carece de registro en las arcas del Internet. “Esta estructura la encontramos nosotros en el 96, cuando se retomó la intención de activar el Museo, invadida por indígenas e indigentes. Hubo que limpiar, restaurar y hacer una cantidad de cosas. Aquí estuvimos trabajando como locos, con Pilar Pérez Baldó. Lo abrimos con una exhibición de Cruz-Diez”, revela y vislumbro que esto será importante.

 

 

Sin esperar permisos, avanzamos por la muestra de la 3ra. Bienal Nacional de Artes Gráficas, homenaje al maestro Alirio Palacios, sin detenernos en nada. Hay una animación digital de un caballo proyectada que me interroga sobre los límites de la gráfica y la estampa. Intento dividir mi atención entre las piezas exhibidas y la conversa errática de Álvaro. A él no parece interesarle mucho lo que está en las paredes, sino la estructura en sí. Cada tanto alza la mirada, se le ve preocupado por el techo. “Cuando armamos este museo todo era tan loco, que llegaron los camiones a instalar los aires acondicionados cuando todavía no teníamos techo… y ahora está así”, me cuenta y observo el material grisáceo, oscuro, que originalmente permitía el paso de la luz natural.

 

Cuando llegamos al fondo, en un movimiento casi orquestado, aparece una mujer que sonríe con emoción y sorpresa al reconocer a Álvaro. Yennai Quintero, actual directora del MEDI, y él se conocen desde hace años, de uno de los tantos programas formativos sobre papel que ha dictado en diversas instituciones del país. Quintero nos muestra orgullosa el espacio infantil que crearon en 2014: MEDivierto, donde ofrecen experiencias y talleres de técnicas gráficas, con herramientas escaladas para esa edad. Nos habla del trabajo que realizan regularmente con niños y adolescentes de las escuelas aledañas, las comunidades y grupos de tercera edad. Las mesitas manchadas de pintura dan cuenta de que es un espacio vivo.

 

Volvemos sobre nuestros pasos, la directora nos cuenta, entusiasta, que han logrado retomar la Bienal Nacional de Artes Gráficas, que trabajan en el catálogo y que –como todos, últimamente– será digital. “La primera bienal la hicimos nosotros en el 98”, informa Álvaro, que va administrando la historia a cuentagotas. La segunda, la hicieron en el año 2000 y no fue sino hasta 2015 cuando revivieron la convocatoria.

 

 

A Álvaro le cuesta estarse tranquilo y cuando tiene algo en la cabeza y un interlocutor, habla a borbotones. Nos cuenta del trabajo de conservación patrimonial inmaterial que ha venido desarrollando en los últimos años con la comunidad yanomami de Pori-Pori, en el Alto Orinoco, junto al artista Sheroanawë Hikihiiwë. En 2008 produjeron Iwariwë junto a la comunidad, un libro hecho de papel de fibras amazónicas, que narra y preserva uno de los mitos fundacionales del pueblo yanomami. Más recientemente, lleva junto a María Elena Ghersi el proyecto Nohi hetukemamotima ayahi [La casa donde vamos a recordar lo que se nos está olvidando] –una escuela-shapono en Pori-Pori para preservar el patrimonio cultural. Así pues, la conversa deriva inevitablemente en el tema que desde hace más de un año tropieza en su cabeza: la exhibición de Sheroanawë en la Galería de Arte Nacional.

 

Desde 2015 estaba configurado el proyecto: obras, museografía, patrocinio y diseño de invitaciones, pero la institución tiene aproximadamente el mismo tiempo acéfala, sin director ni autoridad capaz de ejecutar la exhibición largamente aprobada. Yennai se indigna con la historia e inmediatamente le asoma la posibilidad de un espacio “que está en veremos” en el Museo. La muestra, conformada por pinturas, dibujos y grabados en papel artesanal, calza perfectamente con la razón de ser del MEDI.

 

Subimos por el ascensor, atravesamos un pasillo vacío y llegamos a un espacio amplio en obras. Ellos conversan, hacen llamadas, intercambian teléfonos y expanden su capital relacional. A mí me emociona pensar que las coincidencias no existen y que esta visita en apariencia fortuita pueda desencadenar acciones concretas en el paisaje cultural de Caracas (como en efecto ocurrió).

 

 

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Bajamos, nuestra anfitriona se despide y Álvaro insiste en entrar a la tienda del Museo. “Yo entro siempre que vengo; siempre encuentro algo…”. El pequeño espacio está bien surtido de catálogos, libros, franelas y un muestrario de piezas de diseño nacional. Él se enamora de un carrito para su hijo; yo me digo que volveré por un par de catálogos cuando tenga efectivo.

 

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Le pido que vayamos a la Cámara de cromosaturación, la emblemática obra permanente instalada desde 2004 en el MEDI, y que yo nunca he visitado. Subimos al segundo piso, dedicado a Cruz-Diez, donde se despliega la exhibición Atrapando el color. Antes de que pueda descifrar de qué se trata la caja llena de telitas (cobertores de zapatos), Álvaro se encuentra a mitad del primer tramo en medias. Avanzamos por la cámara blanca, permitiéndole al color atravesarnos, con su ánimo lúdico y su ficción de gelatina. Al salir de la inmersión hallamos tres penetrables, varias fisiocromías y un rótulo informativo.

 

—¿Ninguna de estas obras estaba cuando inauguraron el Museo?— le pregunto.
—¡No, nada de esto! Aquí llenamos los tres pisos del Museo de objetos, obra gráfica, esculturas…

 

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Bajamos las escaleras. Álvaro me conduce y seguimos bajando, más allá del espacio expositivo y de los salones donde un grupo recibe un taller de gráfica; más allá de los carteles que advierten que no pase si usted no está autorizado. Él camina a sus anchas, regocijado en su conocimiento de la estructura, de sus pasillos y rincones, cual padre pródigo ufano. Me suelta que la última semana de trabajo y montaje antes de inaugurar el Museo, el equipo completo vivió aquí. “¡Todos estos recovecos me los conozco yo!”, dice y suelta una carcajada; me mira con picardía franca y leo con complicidad en su cara lo que el registro impide narrar. En sus archivos mentales, personales, reposa la historia de la que ni el mismo MEDI parece guardar memoria.

 

 

Llegamos a un espacio amplio con escritorios y microondas y una señora que nos mira extrañada pero se conforma con nuestro ¡buen día! y el paso aplomado hacia el fondo, hacia la fuente del delgado hilo musical de salsa y camaradería. El taller de carpintería es el espacio donde se construyen todos los dispositivos museográficos del MEDI, desde su apertura hasta hoy. Allí nos recibe, sorprendido, el señor P., y empiezan a echarse broma inmediatamente. El resto del equipo carpintero detiene sus labores, algunos se acercan, curiosos, divertidos y desconcertados por la visita. Mi atención nuevamente dividida entre el encuentro, los objetos y el altar político-religioso que mantienen con cuidado.

 

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Álvaro le cuenta al señor P. que le estoy haciendo una entrevista sobre el Museo y lo anima a recordar. Él también estaba entre los que sacaron la exhibición inaugural adelante.

 

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—Nooo, ese día yo me acuerdo que abríamos las puertas a las doce ¡y hasta las diez estuvimos montando! En una esperadera por el bendito Potoco… ¿Tú conoces al Potoco?— me pregunta. Álvaro se echa a reír.
—No, ni idea.
—Bueno, ese día yo tampoco sabía, pero nos habían dicho que el maestro había pedido que no se podía abrir la exposición sin Potoco. Y nosotros espera y espera y nada que llegaba, y yo me decía: “será que es un familiar o amigo cercano del maestro Cruz-Diez…” Y cuando lo vemos llegar…—cuenta y suelta una carcajada—. ¿Lo quieres conocer?
—¡Por favor!

 

Nos movemos al otro lado del taller, donde cuelga el cuadro de un muñeco flotante y sonriente que reza «POTOCO CREACIÓN DE C.E. CRUZ hijo EL DÍA DOMINGO 19 DE JUNIO DE 1938». El señor P. me explica que se trata del primer personaje de ilustración creado por Cruz-Diez, que lo hizo a los 15 años. Se le nota orgulloso de tener esa pieza acompañándolo desde 1997. A mí me preocupa un poco su conservación.

 

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Regresamos a la planta baja y buscamos nuestras cosas. Antes irnos, Álvaro propone acercarnos al vecino Museo de Arquitectura a saludar a un viejo amigo y compañero de hechuras que aún trabaja allí. Caminamos los escasos metros que los separan por el bulevard y, contemplando la cerca blanca que bordea el MEDI, incandescente bajo el sol, me regala una última prenda: ese monocromo es de data reciente, la estructura era originalmente una obra de Cruz-Diez. En el museo vecino, la amplísima oficina del sótano tiene una puerta de vidrio que da a un hermoso y pequeño jardín, que antes conectaba ambas instituciones y les proporcionaba un espacio de confluencia y distensión. El acceso está ahora bloqueado y del MEDI se ve la pura reja, el alambre, el perfil estoico de una institución que ha logrado mantenerse digna en el hacer, a pesar de los pesares, en un pulso de voluntad.

 

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