El verbo vive en mi carne

© Candida Höfer. «Ca’ Dolfin Venezia I», 2003.

© Candida Höfer. «Ca’ Dolfin Venezia I», 2003.

Baudelaire decía que, para ser perfecta, toda conducta licenciosa requiere un perfecto ocio. En breve, las sillas serán ocupadas por un grupo de ociosos dedicados que han pagado buena plata para venir aquí, a calentarse, mirándonos gozar.

 

Uno a uno iremos entrando en escena, a ofrecer –y disfrutar– lo mejor de sí. Ana Muschi, la suave y briosa solista de Moscú, abrirá el programa. Luego Gina y Giorgio Maretto, la pareja de italianos cuya piel –les aseguro– huele y sabe a día soleado de mar. A continuación será mi turno, aunque no entraré enseguida. Nuestra escena es una alegoría en la que a un hombre y una mujer les es dado el don de la Lengua y, como esta no es sino transmisible, debe proferírseles directamente, con paciencia, pasión y vehemencia en el centro más blando de su ser.

 

Al ser invocada, se debilitará la luz hasta un púrpura profundo que besa la oscuridad. Aparecerá entonces iluminado el flordéfalo: una cápsula violeta en forma de flor gigante de banano, de cuyo centro emanará el aroma de los nardos y el verbo puro, erguido en mi carne. Sonreiré a los ociosos onanistas y avanzaré hacia los cuerpos: hombre, hembra, tendidos, tentándome. La sangre que les hincha y palpita a mí me hará salivar. Lamer, chupar, besar, hundir, tragar, bordear, rozar, comer, gustar, chorrear, mamar, saborear –diré y se hará cosa verbo. Esto: coño, glande, pubis, falo, clítoris, güevo, lava, se constatan en la Lengua, glabra, babeante, quebrada; hasta el casillanto.

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