Thérèse dreaming, Balthus, 1938.
© Balthus. «Thérèse dreaming», 1938.

Conservo el recuerdo diáfano del día que empezó. Lo repaso a menudo. Recordar, más que memoria, es un ejercicio de voluntad, una decisión que se toma en el mismo instante apenas acabado. Había pasado la tarde intentando romper mi propio récord de saltos seguidos con la vieja cuerda de saltar y estaba exhausta. Entré a la cocina por un vaso de limonada fresca y seguí a mi cuarto a reposar antes del baño. Mamá decía que no debía una bañarse nunca con el cuerpo caliente y que tampoco debía nunca intentar bañar al gato. Yo sentía fuego en las piernas. Me eché frente a la ventana y respiré hondo. Recuerdo el olor aún dulce de mi sudor, que entonces apenas empezaba a agriar. Recuerdo la conciencia de mi cuerpo, lo vivo que sentía cada palmo de mí a medida que la sangre iba pausando el galope. El sol me bañaba y me apaciguaba –como una mano o una lengua. De pronto, en un instante, un segundo de nada, el voltaje producido por los mil seiscientos veinte saltos acumulados corrió de golpe por mis nervios, atravesó el estómago y fue a estallar en el bultito mullido que se marcó en mi pantaleta.

 

Podría jurar que, en ese momento, el bribón de Otilio lanzó un maullido.

 

Thérèse Joncour

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