Pájaro muerto cuando estaba vivo (2016). Enrique Enriquez.
Pájaro muerto cuando estaba vivo (2016). Enrique Enriquez.

 

Ha pasado casi una década. Cuando conocí a Enrique pensé dos cosas: que era intrigante y que era un estafador. Imaginé que encantaba a sus consultantes, sobre todo mujeres, con esa cara de escapista cándido y sagaz que se guardaba un mazo de cartas en el bolsillo. Un acróbata del verbo que estaba en Nueva York cuando derribaron las torres. Un montaje. Después yo misma tropecé con una mujer que leía el tarot y aprendí algo sobre aquel negocio porque estaba enamorada de su hijo, a esas cosas llega uno cuando se abisma en un símbolo que arrulla. Corominas dice que «símbolo» proviene del latín symbollum, del griego symbolon, de symbállo, que se traduce como «yo junto, hago coincidir». Finalmente, todos estos años después, Enrique habla del otro lado de mis interrogantes sobre esto y aquello, notificaciones de Facebook Messenger mediante, mientras me debato entre el sentido común y el ilusionismo contemporáneo, entre él y la distancia de sí mismo.

 

ENRIQUE ENRIQUEZ: Una mujer ha pasado la semana entera contándome en pequeños incrementos la historia de cómo la exnovia de su padre la está acusando de brujería y que amenaza con desenmascararla. Día tras día la mujer recibe mensajes de texto cuya agresividad aumenta de línea en línea. Según los detalles se desarrollan, mi consejo se ha mantenido constante: «Ignórala, muéstrale los textos a tu papá, deja que él lidie con su loca». En el séptimo día la mujer me cuenta un sueño que tuvo: «Vi un alacrán, pero le corté el aguijón. Aún así me siguió persiguiendo». En todos los diccionarios que esta mujer consultó el escorpión es visto como un mal presagio. «Sí —le dije— un alacrán es malo, pero si le cortas el aguijón se vuelve inofensivo. Puede perseguirte pero no picarte».

«¡Ah! Finalmente me das calma», dijo. Ese «finalmente» me picó. Me recordó que estamos condenados a buscar signos porque el sentido común no tiene impacto emocional, ni genera imágenes memorables.

 

ENZA GARCÍA: Mi papá mató un alacrán esta mañana. Era amarillo. El sentido común es un artefacto aburrido, supongo, y el resto del tiempo somos criaturas aterrorizadas. Tenemos ritos para que la oscuridad no crezca demasiado. No sé. Hoy me columpio en mi balbuceo. La coincidencia del alacrán me estremece.

 

E.E: Así es como funciona.

 

E.G: ¿Así? ¿Los presagios existen?

 

E.E: Todo lo que vemos presagia algo.

 

E.G: ¿Dónde están las palabras, los vocablos mágicos que me harán resucitar todo?

 

E.E: Uno puede ver una línea por lo que es, una línea. Mucha gente rebotará jurando que allí no hay nada que ver. Para ellos la línea es un espejo opaco. Es difícil saber cómo ponerle coto a las anécdotas. A la magia, como a la poesía, las asfixian el exotismo y la sentimentalidad, por eso ambas son casi imposibles hoy en día. La palabra magia es exótica. Es preferible pensar que martillo es una palabra mágica, o harina. Mi sospecha es que hay que jugar un juego peligroso: no revelar, sino hacer que el otro sea testigo de una revelación. Quienes no pueden ver siempre te guardarán rencor.

 

E.G: ¿A qué te refieres con sentimentalidad?

 

E.E: Esa distancia que las redes sociales abolieron entre la poesía y la autoayuda.

 

E.G: Y lo más importante: ¿cuál es la mejor manera de sacar un conejo de un sombrero?

 

E.E: Quería decirte que mi papá tuvo un zorro. El problema es que también tuvo un cunaguaro. Ambas, porque eran hembras, se odiaban a muerte. Vivían en cuartos separados y el único día que la cunaguara se coló en el cuarto de la zorra, la zorra se tiró por la ventana.

Una zorra rota en una acera de Los dos caminos.

Casi todas las historias de animales tienen finales así. Los animales no buscan la felicidad, solo ganarle al terreno. Por eso es que siempre he querido hacerme unos zapatos con la piel de un miembro de PETA.​ ¿Y tú? ¿Cómo sabes cuándo dibujar un pájaro o cuándo la palabra pájaro basta?​

 

E.G: En un mundo lleno de acróbatas y boticarios, con más sospechas que elementos, yo decido qué día es pájaro y qué día es barco, pelota, alambre o espejo, cuando la oscuridad no requiere más rito que un casi imperceptible estremecimiento: voy a saltar, quiero saber hasta dónde soy invencible.

 

E.E: Dices «boticario» y me recuerdas que un fotógrafo persa, altísimo, que siempre usa sombreros minúsculos, me dijo que en farsi el nombre Attar ―como en Farid ud-Din Attar, autor de la Conferencia de los pájaros​― significa «farmaceuta». En la página la palabra está enjaulada. En el aire puede volar en cualquier dirección. La palabra francesa para jaula es volière, que paradójicamente contiene voler, la palabra francesa para volar. La belleza de volière-voler no es exactamente estética. Lo que da valor al matrimonio entre ambas es que ha sido oficiado por la inteligencia del azar. Eventos como volière-voler son verdades concretas, no hay subjetividad ni intención expresiva en ellas, solo el hecho explícito de dos palabras alineadas por la realidad de sus contornos. Esta es la manera que el lenguaje encuentra para volverse un oráculo, un sistema limitado en el cual sonidos e imágenes se recombinan constantemente siguiendo reglas arbitrarias que una vez en movimiento edifican una estructura coherente.

¿Sospechas también de los muertos o solo de los vivos?

 

E.G: Los muertos son mis barajitas favoritas. Mi primer difunto importante fue la abuela de mi papá, que comandaba un puticlub campestre y que se deshizo de mi papá ―cuando él tenía catorce años― por defender a uno de sus maridos.

¿Has visto algún fantasma?

 

E.E: No sé de dónde viene esa fe en que la velocidad simbólica se alcanza repitiéndonos. Tal vez sea de la experiencia que nos dice que para ser un fantasma uno simplemente tiene que continuar apareciendo en el mismo lugar y a la misma hora. Repetirse es una especie de impertinencia que subleva al azar. Te empeñas en permanecer para que la vida se descarrile.

 

E.G: Tomé tres cartas de mi mazo: Tres de copas, paje de copas, ocho de espadas. ¿Qué ves?

 

E.E: Donde hay tres copas había cuatro, el paje se la lleva, la ofrece a esa apertura que en el ocho de espadas muestra una flor. Describo las cartas de memoria. Las que llevo en el bolsillo, y las tuyas que nunca he visto.

 

E.G: ¿Y tú? ¿Cuándo sabes que un pájaro no basta?

 

E.E: Dibujar implica una contracción: del mundo a la página. Al ojo le gusta concentrarse allí. Por eso todo dibujo es un callejón sin salida. Escribir implica una expansión: de la página hacia el mundo. Es un gesto que se extiende como una mancha de aceite, invitando al ojo a perderse. La gramática del mundo de las formas se compone de esos dos movimientos. Una mujer que conozco rompió con su novio el día que encontró un pájaro muerto. A los pocos meses estaba hablando con otro hombre y un pájaro de la misma especie que el anterior se paró en la mesa donde tomaban café. Estamos otra vez frente a un evento que, como las cartas, permite abolir al sentido común. Hay que aceptar la inevitabilidad de eso, sin romanticismo.

 

E.G: Tomé tres cartas: zorro, mezquita, celaje.

 

E.E: Todas las combinaciones potenciales se saben y se olvidan a la vez porque continúan modificándose. Lo que sea que vemos siempre está en proceso. En ese sentido una baraja funciona como la memoria. En ZORRO está el ORO y en MEZQUITA un TAMIZ. En la combinación de ambas está EROTIZAR. La palabra zorro sugiere una geometría que recuerda a La Torre del tarot. Esa es la mezquita.

Z

OR

RO

La Z es un rayo que parte la torre. En francés eso es un coup de foudre, que a la vez es argot para decir amor a primera vista.

Erotizar el celaje.

Hoy encontré esta frase extraordinaria de Richard Tuttle: «Si puedo liberar un material humilde de sí mismo, tal vez pueda liberarme a mí de mí mismo». Esa es la fe, una fe rara, a través de la cual estos no son simples juegos.​

 

E.G: Tener un nombre propio es una temprana interpretación de las fronteras y una temprana aceptación del insomnio. De noche, se sabe, escobas y escopetas murmuran mientras los grillos ignoran que otorgamos trascendencia a su canción. No hay magos dormidos, se sabe también. «Enrique», germánicamente hablando, es el monarca doméstico. Pero también revela que la cunaguara y la zorra, cuando atraviesan el celaje de la memoria, Q U I E R E N lo mismo: devorar pájaros, restarle autoridad al cielo. «Superstición», en su origen de prestigio latino, es mantenerse en pie sobre la realidad. ¿Que más viene a buscarte en la noche?

 

E.E: Una vez maté una cucaracha con la mano. No la maté ni antes ni después. No vale la pena arredrarse en espera de un golpe que, cuando venga, no vendrá por donde uno lo está esperando. Desde que empecé a mirar tarots no sueño. La noche es un parpadeo.

 

E.G: Entonces, ¿ya nunca pierdes el control?

 

E.E: Te voy a decir mis palabras más inútiles, palabras perdidas que me la paso repitiendo con ese empecinamiento que lo convierte a uno en fantasma: uno no mira el mundo simbólico para saber el futuro, sino para perderle el miedo al futuro, a sabiendas de que eso no va a eximirte del dolor. No hay control. Todo es lo que termina siendo.

Todos dormimos como la gitana del aduanero Rousseau, con el león oliéndonos.

 

E.G: Tomé tres cartas: carpa, abedul, culebra.

 

E.E: carpa  abedul  culebra

u     u

e           e

a   a   a                  a

ar                         ra

r a                      ra

c  r                   c    r

be             eb

ul    ul

Una vez me dijeron que los congos no hablan en oraciones sino en nubes. Sentí que había perdido mi vida hablando en línea recta.

 

E.G: Tener una cara es vivir con un confortable abismo, eres objeto para el deseo o la burla, eres posesión, catálogo y olvido. Eres un pez abisal. Pamuk dice en boca de un árbol «yo no quiero ser un árbol sino su significado». Y por qué. Es como cuando estás gimiendo y se te seca la garganta y quieres toser mientras te allanan, como avisándote que no debes mentir demasiado: los signos dividen en monstruos nuestras apetencias de significar. Todo te precipita hacia la lectura desesperada, la interpretación de vida o muerte. Todo es una nube que debe ser escrita traicionando en línea recta, como la precisión de un cocodrilo. El silencio es una gran farsa burguesa: al final todo balbucea, por no decir que gime como un coyote antiguo. En Estambul hay hombres que secuestran pájaros para diseccionarles el canto. Es casi tan perverso como la disciplina de los mimos.

 

E.E: Una cara es también un boomerang. La realidad se divide en documentos naturales, como los árboles, y documentos imaginarios, como la taxonomía de las plantas. Aquí viene de nuevo a la mente esa idea de Gary Snyder, de cómo para ser poeta es necesario saber:

all you can know about animals as persons.

the names of trees and flowers and weeds.

the names of stars and the movements of planets

and the moon.

your own six senses, with a watchful elegant mind.

at least one kind of traditional magic:

divination, astrology, the book of changes, the tarot;

dreams.

Él habla de los seis sentidos pero un mago solo tiene dos: sentido y sinsentido. Usa uno para crear la ilusión del otro.​

 

E.G: Entonces, ¿de qué color son tus ojos?

 

E.E: Quizás lo que importa es que, en ciertos momentos, son del mismo color que los ojos de mi abuela. La genética es también semiótica.

 

E.G: Da la sensación de que vives, en cierto modo, entregado a una audiencia. Rodeado de gente que busca saber y que confía en ti.  ¿Te gusta eso? ¿Eres un artista?

 

E.E: Es muy difícil encontrar una forma. Por eso es tan fácil querer arroparse con las formas que uno encuentra afuera, en lugar de negociar la influencia que aquello que ya se encuentra en el mundo ejerce sobre lo que uno intuye, tomarlo en dosis homeopáticas. La forma más perfecta de terrorismo es aspirar a la belleza, a sabiendas de que después del primer beso todo se desmorona.​

 

E.G: Tomé tres cartas: beso, jaula, brujería.

 

E.E:

bes ,     u  ,   ruj     a

​     o  ja  la  b    eri

h​                           nto

Y tú, ¿cómo aprendiste a dibujar?

 

E.G: Me tomó años creer en mi cara. Yo decía «jamás seré tan inteligente como para diseñar un laberinto como el de las películas». Y sufría. Tal vez confundía dignidad con sufrimiento. Una vez fuimos a una sesión de espíritus en un río oscuro en los montes de Anzoátegui. Luego llegué a casa, con diez años, atemorizada por San Miguel Arcángel y la india Tibisay. ¿Cuál de ellos vendrá a matarme? Malditos adultos, pensaba, ninguno me hace sentir a salvo. ¿A qué juegan? En aquella época me racionaban las hojas blancas porque estaban destinadas a cosas importantes, como las tareas del colegio. Pero yo me las robaba. Era mi respuesta a no saber hablar sobre mi cuerpo quemado y volátil. Dibujar fue una plegaria limpia, era una posesión que nadie me había permitido. Aunque mi mano era y es torpe. Un día dibujé un zorro y acepté que yo era el laberinto, como diciendo «ay, ya dejen la ladilla, malditos todos».

 

E.E: En el supermercado, el hombre a cargo de la caja registradora número 15 se llama Aidan. Su colega en la caja número 14 se llama Alicia. Les muestro cómo sus nombres están unidos en el alma, porque comparten las mismas vocales en el mismo orden. No les interesa en lo más mínimo. Alicia me dice «Ah, ¿eres poeta? Ayúdame con esto. Por accidente bebí de la misma botella que cierta mujer. Estoy sintiendo cosas que nunca había sentido. ¿Crees que debo perseguirla?» Solo vemos los signos que llevamos en la agenda.

 

E.G: Como sabes, mis padres tuvieron una venta de loterías por muchos años. En este Oriente hay un sorteo donde se apuesta a unos animales; treinta y dos en total, entre caimán, león o culebra. De modo que el primer contacto que tuve con la adivinación viene de cuando los clientes solicitaban a mi mamá que les interpretaran los sueños en busca de un dato ganador. Si sueñas que pescabas, debes apostarle a la garza o al pescado. Si sueñas con un robo, eso da zorro o gato. Si sueñas que te montaron los cuernos, toro o chivo. Mi madre me contó, además, que hasta había un librito de sueños y apuestas.

 

E.E: Sí, claro. Yo tengo en algún lado un diccionario de sueños cubano, que trae los números de la lotería para cada animal o figura. A mí me gustaría hacer lo contrario, traducir los números a imágenes para que cada semana la lotería anuncie sus números ganadores y la gente esa noche sueñe con las figuras correspondientes.

 

E.G: Quiero contarte otra cosa. Empecé a publicar mis pájaros en Instagram y un necio me dejó un comentario obsceno. ¿Por qué una costumbre secuestra una palabra? Entonces pájaro se convierte por los siglos de los siglos en un objeto fálico, y así. Por cierto, no sé dibujarle bien las patas a los pájaros. Es muy frustrante. Mi impaciencia es proverbial.

 

E.E: Fui a la biblioteca del Museo de Historia Natural a leer las cartas que Louis Agassiz Fuertes ―el dibujante de pájaros más importante después de James Audubon― le envió a George Miksch Sutton ―un ornitólogo de 17 años― sobre cómo dibujar pájaros: Lo que más me gustó es la precisión de Fuertes sobre cómo las plumas de un pájaro reflejan los colores del paisaje que lo rodean. Ningún color existe en su estado puro. Así, Fuertes invitaba a Sutton a mirar todo a través de un huequito minúsculo hecho en una hoja de papel, el único modo de ver un color por sí mismo.

Me pregunto si en lugar de ser un modo de escribir, la poesía no será más bien un modo de leer lento, atento, a wishful willingness. Llegué al museo a las dos de la tarde y finalmente entré en la biblioteca a las tres. Ese lugar es un laberinto lleno de minotauros disléxicos.

 

E.G: ¿Crees que la gente te busca para que les digas quiénes son?

 

E.E: Solía ver a una mujer horrible, todos los viernes, de gratis. Era una exbanquera que asesoraba a empresas mineras sobre dónde y cómo invertir. Coleccionaba oro. A pesar de ser racista y clasista, por un tiempo había sido amante del chofer de Robert De Niro. Vivía demandando gente, se peleaba con todo el mundo. La última vez que la vi ella sacó tres cartas y yo me puse a verlas. Ella se entusiasmó porque yo estaba sonriendo. Imaginó que yo veía algo extraordinario para ella. «¿Qué? ¿Qué ves?», me preguntó. «Nada ―le dije― que son bellísimas». Eso la enfureció. La gente común obvia por completo que la magia transita un contenido estético. Hay una carga fuerte en cómo se ven los materiales, cómo se relacionan sus formas. Es una poesía que opera sobre la necesidad inaplazable que tenemos de señales, de símbolos. Eventualmente uno comprende que ese lenguaje de las formas es revelatorio.

 

E.G: A veces despliego los arcanos sobre la cama y pienso en esta gran tontería: pedirles respuestas a un puñado de símbolos, al arte en general. Como habrás alcanzado a adivinar, a veces cuando te digo que he tomado tres cartas estoy mintiendo. Solo menciono las tres primeras que se me ocurren o las escojo con absoluta premeditación, a partir de sus interpretaciones de manual. ¿Por qué tus lecturas no son como las otras? ¿Por qué me equivoco cuando yo intento leerlas?

 

E.E: En el colegio de mi hijo les dijeron que tenían que hablar del trabajo de sus padres, así que él me pidió que le enseñase a ver el tarot. A los quince minutos de estar en eso me dijo «Ah, entiendo. Es acerca de la transformación». ¡Le tomó quince minutos entender lo que a mí me tomó quince años! La gente se empeña en pensar el tarot como «herramienta», cuando podría pensarse que en realidad es un material. Cuando afectamos un material este nos revela cosas sobre sí mismo. Conocer la naturaleza del tarot implica entender que el mundo simbólico está en un estado constante de transformación, y que esa transformación sigue reglas precisas: Las formas similares se atraen, se alinean para cristalizar en formas nuevas, que a la vez son disueltas de nuevo por sus diferencias. Podríamos decir que la gramática del mundo de las formas tiene su sístole y su diástole. Metido en el bolsillo, el tarot es un corazón latente. Hay algo exorbitante en sacarse el corazón para ponerlo en la mesa. Esta no es mi poética sino una manera de entender ese chispazo entre las formas que es la raíz de la poesía, el destello que uno vive buscando en el mundo. Pero ese chispazo no es otra cosa que un gesto mágico, una transformación de elementos que al combinarse llevan a la mente a un paseo inesperado hacia ciertas experiencias, en un modo en que los materiales en su estado puro no logran hacerlo. En esa experiencia uno no es el centro de la ecuación. Si acaso, quien mira al tarot es la herramienta que al afectar al tarot le permite hablarnos de sí mismo. Hay libertad en aceptar nuestra propia irrelevancia. El tarot nos devuelve a la condición de testigos, de quien ve el paisaje. En este caso no es un paisaje natural, ni uno psicológico, es un paisaje simbólico, cuya existencia autónoma solo encuentra un puente hacia la nuestra a través de la coincidencias. Por eso es que el tarot solo puede predecirse a sí mismo, es decir, puede predecir que una forma se alineará a sus análogas.

 

En uno de esos días le conté a Enrique que había soñado que él era un oso. Lógicamente, su respuesta fue enviarme el dibujo de un oso que en realidad era una serpiente en una bicicleta. ¿Se han dado cuenta de que la mayoría de las cerrajerías se llaman La llave mágica? Andrew Bird tiene una canción que dice I write you a story / But It loses its thread / And all of my witnesses  / Keep turning up, keep turning up dead.


 

Sobre los autores:

Enrique Enriquez (Caracas, 1969) reside en Nueva York y es el autor del libro Tarology (2011), que inspiró el largometraje TAROLOGY, The poetics of Tarot, dirigido por Chris Deleo. Asimismo es autor de dos libros de entrevistas, EN TEREX IT & EX ITENT ER (2012); y de un volumen de poesía patafísica, Linguistick (2013).

 

Enza García Arreaza (Puerto la Cruz, 1987) es editora en Backroom Caracas, narradora y poeta. Obtuvo el VII Premio Literario Cuento Contigo de Casa de América (Madrid, 2004) con «La parte que le tocó a Caleb». En 2007 resultó ganadora del Concurso para Obras de Autores Inéditos, auspiciado por Monte Ávila Editores, con el libro de cuentos Cállate poco a poco (Monte Ávila Editores, 2008). En 2009 recibió el III Premio Nacional Universitario de Literatura de la Universidad Simón Bolívar con El bosque de los abedules (Equinoccio, 2010). Textos suyos aparecen en las antologías Cuento Contigo 2 (Madrid, Siruela, 2006) y Zgodbe iz Venezuele (Eslovenia, Sodobnost International, 2009); en las muestras De la urbe para el orbe. Nueva narrativa urbana (Caracas, Alfadil, 2006), Joven Narrativa Venezolana III. Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores 2009-2010 (Caracas, Equinoccio, 2011), De qué va el cuento. Antología del relato venezolano 2000-2012 (Caracas, Alfaguara, 2013), Tiempos de nostalgia / Tiempos de saudade (Caracas, Ediciones del Instituto Cultural Brasil –Venezuela, 2013) y en Voces -30. Nueva narrativa latinoamericana (Chile, Ebookspatagonia, 2014). El libro de cuentos Plegarias para un zorro aparece en 2012, editado por bid & co. editor. El animal intacto, primer libro de poemas, llega en 2015, cortesía de Ediciones Isla de libros.

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