Un campo minado y otras batallas de Piglia

Llegó septiembre, falta poco para la primavera, y los porteños empezamos a sentir un ligero calor que nos advierte que el año se nos va. Salimos a los parques y a las plazas, exorcizamos los fríos invernales, y ponemos en fila las ideas, los papeles y las cuentas que nos servirán para hacer nuestro balance. Sí, parece un ejercicio contable, pero cumple de un modo ritual y burocrático con el objetivo de cualquier narración: encontrar un final que le dé sentido. Aprovechando esta excusa del balance, vamos a escribir sobre Las tres vanguardias: Saer, Puig, Walsh, un libro que merece estar entre lo más destacado del 2016 editorial de la Argentina. Publicado por Eterna Cadencia, Las tres vanguardias recopila once clases del escritor Ricardo Piglia, ofrecidas entre septiembre, oh casualidad, y diciembre de 1990, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

 

La publicación tardía de estas transcripciones realizadas por dos estudiantes a pedido del mismo Piglia, nos permite renovar el debate sobre algunos territorios y tensiones de la literatura argentina, que es una forma de hablar de la literatura universal y también, por qué no, de la Argentina no literaria. Es fácil, para empezar, hacer un paralelismo entre la época de aquel seminario, el primer año de la presidencia de Carlos Menem, y la del actual proceso encabezado por Mauricio Macri, con sus jóvenes diez meses en el poder. Ambos proyectos tienen coincidencias claras como la apertura al libre mercado y el trazado de un alineamiento internacional opuesto a las tradiciones de la izquierda y del peronismo, por lo menos del peronismo clásico. Son dos momentos paralelos también como momentos de negación. En los noventa se había caído el muro de Berlín y la ilusión colectivista se derrumbaba; ahora lo que se desmorona, sostienen desde esta construcción discursiva, es el relato populista latinoamericano.

 

Para leer estas clases de Piglia se puede prescindir perfectamente de este paralelismo. Se puede, pero sin embargo creo que Piglia elige un tema para su seminario que es efectivamente muy político, en el sentido urgente de la política, no en el de las teorías. Esa urgencia, sosteniendo el paralelismo, reencarna fácilmente en gran parte del campo de la ahora oposición política argentina. Piglia elegía hablar de vanguardias cuando la palabra misma estaba muy desprestigiada, en el auge del pretendido fin, no solo de las vanguardias, sino de la historia misma. Parece casi una propuesta de reorganización en la desbandada, no en términos de falange o de capillas, sino en relación a la posibilidad de elegir y reordenar las tensiones. Porque la vanguardia para Piglia conecta con su origen en el lenguaje militar, es la disposición de los pertrechos literarios de cada escritor, lenguaje, poética, tramas, contra otros escritores y maquinarias. En la lucha de una tradición contra otra tradición se juega la supervivencia de una obra o su olvido, dice. Es un discurso del conflicto en una época que niega el conflicto porque postula una idílica y masiva realización individual, muy arraigada en el pensamiento liberal y su sentido común.

 

Para proponer un debate sobre las poéticas de la literatura argentina, Piglia elige tres escritores del después de Borges: Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh. Estos tres escritores además de prestigiosos siguen siendo leídos, algo que no podía preverse en los noventa y que habla del talento de cada uno de ellos, y sobre todo de cómo lograron que sus obras jugaran en la realidad. Son tres autores que a Piglia le interesan porque afrontan la crisis de la novela como forma narrativa. En el siglo XX la novela pasó de ser un medio privilegiado en la construcción de una estética y un sentido de la nueva sociedad (por ejemplo Balzac), a ser desplazada de ese rol por los medios de masas, en especial los diarios y el cine. La resolución de esa crisis en la literatura argentina, según Piglia, es una búsqueda compartida y simultánea con la literatura universal, o con los grandes centros de la cultura occidental, al menos.

 

En ese contexto, Piglia plantea que ya no hay asincronía entre la literatura argentina y la literatura universal, y que eso es parte del legado de Borges, entre otros, pero sobre todo de Borges. Desde la orfandad de nuestra literatura y nuestra pampa, desde su marginalidad, sólo se pudo encontrar una tradición en la literatura universal. De ahí nace una literatura hecha de lecturas y relecturas, libresca como Buenos Aires, que es la ciudad con la mayor cantidad de librerías por habitante del mundo, algo que resulta de verdad increíble. «Es necesario empezar a leer la tradición de lectura de los escritores en el mismo lugar en que se leen las grandes tradiciones de la crítica y los debates literarios», propone Piglia. Para él todo escritor es un lector, aun el que no suscribe esta afirmación.

 

En la crisis de la novela, decíamos, estos tres escritores eligen generar un nuevo lector, desechando la opción de disputar el público de los medios masivos desde la llaneza o la ligereza narrativa de los best-seller o los géneros. Se proponen trabajar “la poética interna desde la cual el texto fue escrito. Esto significa preguntarse contra quién se luchó al escribirlo”. Sabiendo que en la creación de esa poética «se intenta construir una lectura como un espacio en el cual los textos que se van a escribir o se están escribiendo puedan funcionar». Así queda claro que la vanguardia de la que habla Piglia no es la del grupo que lucha por lo nuevo, como define Beatriz Sarlo a Proa y las revistas de la década del 20, y tampoco es la de los vanguardismos formalistas o izquierdistas, disruptivos. La vanguardia debe ser descubierta en el interior del lenguaje: «Nosotros vamos a ver a la vanguardia como una realización social de la lectura del escritor, una socialización de ese combate entre poéticas».

 

En estas tres o cuatro definiciones se asienta el desarrollo del seminario. Nosotros no vamos a seguir replicando lo que está mejor explicado en el libro, así que  para cerrar esta reseña adelantaremos otro de los temas abordados, que es el de la tensión entre literatura y realidad. Estos tres escritores vivieron en una Argentina signada por las luchas revolucionarias de los sesenta y setenta, en un ambiente de politización extrema. Expresan para Piglia, entonces, tres formas distintas de lidiar con esa tensión. Juan José Saer opone el detenimiento a la velocidad, el momento contra el ritmo de la máquina; es una densidad poética que ralentiza y tranca el lenguaje contra el vértigo caníbal de la prosa periodística. Una apuesta subversiva y difícil, hoy todavía más que entonces. En cambio Puig metaboliza en la novela las voces de los medios masivos, el cine sobre todo, exponiendo la tensión política, la atracción y rechazo, entre arte y realidad sin nunca resolver o tomar partido. El beso de la mujer araña es el ejemplo más elocuente. Una novela que es un diálogo entre un preso político y un preso común homosexual, donde se desliza erotismo, traiciones y lealtades, folletín. Para cerrar esta síntesis un poco brutal nos queda abordar a Rodolfo Walsh, un emblema del escritor revolucionario, jefe de inteligencia de Montoneros, desaparecido durante la dictadura. En Walsh la relación entre realidad política y escritura se disuelve sin transacciones del orden del realismo socialista o aberraciones similares. Walsh escritor va desapareciendo en la medida en que se profesionaliza el revolucionario. Queda el periodista, el polemista, pero la novela deja de ser una opción. No hay convivencia. En la metamorfosis deja Operación Masacre, y ¿Quién mató a Rosendo?, libros que incorporan voces que estaban marginadas y que revelan a la literatura y a la sociedad, la verdad censurada de la violencia política. Los libros de Walsh se escapan de la ficción para realizarse en la lucha social.

 

¿Qué tradiciones sostienen estos posicionamientos? En Saer, la canonización del poeta entrerriano Juan L. Órtiz, el poeta en su isla. La industria del entretenimiento, los medios de masas, son el sustrato de la obra de Puig. La ensayística nacionalista, la literatura inglesa, el género policial y Hemingway, ayudan a leer mejor a Walsh. A lo largo de las once clases, Piglia va estableciendo los puntos y los cruces entre estos diferentes momentos de la literatura argentina y los puentes que reagrupan a estos escritores con tendencias internacionales, procesos políticos y desarrollos tecnológicos.

 

Hasta aquí nuestra reseña.

 

Los temas abordados pueden ser útiles para reflexionar en la actualidad de la literatura argentina. En estas dos décadas y media pasamos de la posmodernidad neoliberal a los estallidos sociales, volvimos a un peronismo versión populista con su discurso modernista de la industrialización, para llegar otra vez a la reciente resurrección del libre mercado. En conclusión: no estamos en el mismo lugar, ¿pero nos fuimos tan lejos? En lo estrictamente literario ha corrido bastante agua bajo el puente, pero la estructura social y productiva, ¿cómo y cuánto ha variado?

 

La revolución digital, el corazón de nuestra época, no ha creado ningún género narrativo particularmente interesante, pero multiplicó los canales de circulación y moldeó un nuevo lector, un lector que es la versión hiperbólica del lector distraído del que hablaba Witold Gombrowicz. Hablamos de personas que pueden dejar un tweet a medio leer sólo por pereza y ansiedad. Por la multiplicación de plataformas, la simplificación de los procesos de impresión, y el proteccionismo comercial de los últimos años kirchneristas, se multiplicaron las posibilidades de editar, al punto que hacer un seguimiento de las editoriales independientes y las publicaciones de sus escritores, aunque sea nada más que en Buenos Aires, es casi humanamente imposible. Los sistemas de referencia y validación, en tanto, no han servido para mediar entre esa producción y un nuevo público lector, o al menos han resultado deficitarios, desfasados.

 

Hace pocos meses leí una noticia sobre un catalán que estaba por finalizar su plan de publicación de El Quijote en tweets. Estuvo no sé cuántos años subiendo un tweet por día con un declarado objetivo pedagógico. La idea de amoldar la densidad de la literatura a las redes sociales parece absurda por lo desesperada, pero dice algo sobre una inquietud, la de cómo ganar esos lectores que están siete horas por día, mínimo, frente a una pantalla de computadora. Nuevamente surge la cuestión sobre si hay que disputar esos lectores o tenemos que crear otros nuevos a los que demandarle otros tiempos. Nos preguntamos si la literatura tiene la posibilidad de competir con las formas breves de la comunicación en red, o debe abandonar esa arena y hacer circular justamente lo que es su capital hasta ahora, una densidad intelectual que ninguna otra disciplina puede ofrecer. ¿Hay que incorporar las redes sociales a la literatura, aunque sea de una manera tosca? ¿O se trata de seguir pensando cómo la literatura puede intervenir en la realidad?

 

Pensar en la revolución informática, salvo que medie una confusión un poco cándida, nos lleva nuevamente a la cuestión del territorio. El cine norteamericano, por ejemplo, durante la última década creó una épica de la informática, que se aleja del paradigma clásico de la ciencia ficción en el que la máquina amenaza la vida humana. Películas como Social Network, The Imitation Game, y Jobs, realizan ese tránsito. Esa épica sería imposible en el cine argentino donde esa materialidad no existe, donde un abordaje más sensible debería parecerse a Dos disparos, el film de director y escritor Martín Rejtman donde una serie de personajes desorbitados se vinculan livianamente entre sí, pero con la potencia enternecedora y elemental de la búsqueda de amor y la amistad. Son personajes sin centro, porque el centro está en otro lado, en un lugar donde sí es posible la épica, es decir, la aventura de la conquista de lo imposible en una visión benévola, o la colonización desde la mirada de la resistencia. Si en la literatura habíamos sincronizado con el mundo a través de la operación de Borges en El escritor argentino y la tradición, la revolución informática arrastra a todos los usuarios a una situación periférica sin que pueda revertirse este extremo hacia una posición ventajosa. No hay margen de maniobra para un objeto, y nosotros somos lo que Internet vende; porque el producto de Google es usted.

 

Así se presenta otra vez irreductible la tensión entre escritura y política. Borges emancipó al escritor argentino del estado y le propuso la literatura universal como su patrimonio. Juan José Saer escribió muchos años después un artículo que toma como punto de partida la crisis del 2001. Sin negar el aporte fundacional de Borges, Saer agrega que hay un hilo que recorre la vigorosa tradición nacional y este es la violencia política, desde El matadero de Esteban Echeverría en adelante. “A los escritores argentinos (como a todos los otros probablemente) les tocó vivir en un país agitado por inacabables conflictos. Y hoy siguen siendo legibles aquellos que se aventuraron en la selva de esos conflictos y fueron capaces de forjar a partir de ellos su propia tradición”. La idea de Saer puede reformularme en una pregunta sobre si esa violencia política desapareció, si está latente, si mudó a formas acaso narcóticas, o si finalmente logramos el bienestar y la democrática convivencia en la República Argentina.

 

En todo caso, cada escritor deberá proponerse contra qué y quiénes escribir, qué lectores busca, qué poéticas y desde cuál territorio. La universalidad argentina ha sido apropiada por muchos escritores latinoamericanos, desde Cabrujas que la reformuló en su visión caraqueña, hasta Roberto Bolaño que había abolido todas sus nacionalidades para presentarse simplemente como un escritor latinoamericano, lo que a mí me parece, en vista de muchos de sus relatos y conferencias, una forma modesta, y digamos particular, de suscribir a la tradición borgeana.

 

Iba a terminar diciendo que la literatura argentina no se había apropiado de la rica e interesante diversidad literaria latinoamericana en la misma medida que su postulada universalidad le hubiera permitido, aunque creo que quizás ya no importa. Quizás lo que deba proponerse la literatura desde esta periferia sea lo imposible, una contra épica, algo que escuché decir (citar) a Enrique Symns una tarde de invierno a un grupo de estudiantes reunidos alrededor suyo en una vieja casa de Palermo. La tarea del artista será desenchufar al hombre de la máquina.

 

La tarea del artista será desenchufar al hombre de la máquina.

 


*Acerca del autor

Juan Manuel Suppa Altman (Buenos Aires, 1980) Abogado y periodista. Escribió para diferentes medios impresos como Time Out, Planeta Joy, Tiempo Argentino y Buenos Aires Económico. Creó y dirigió la plataforma web sobre arte y cultura urbana Revista Óvnibus, que unió a redactores de más de 15 ciudades latinoamericanas desde 2010 hasta 2014. Actualmente coordina la sección “Historia de la prohibición de las drogas” de la Revista THC.

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