La cháchara del Cíclope

Mladen Stilinovic. The foot-bread relationship.1977.
© Mladen Stilinović. The foot-bread relationship.1977.

 

Llevo días pensando en el silencio porque debo hablar del ruido que lo invoca, y ese ruido es la más opulenta censura, la gran mano que se impone sobre la boca, la mano que nos obliga a callarnos porque el silencio es también una forma de perpetuidad. No digas, no mientas, no sospeches, que en tu pensamiento no se aloje la suspicacia, mira que toda palabra enunciada será difamación usada en tu contra, ya es hora de que te vayas acostumbrando al miedo.

 

¿Qué hacer cuando el obligado silencio se impone como política de Estado? Los griegos tienen casi todas las respuestas: hay que arrimarse a Ulises, el santo patrono de las dificultades. Esto lo entendieron escritores y cineastas de Europa del este cuando la cortina de hierro les impedía el horizonte. ¿De quién se mofa Slawomir Mrozek cuando escribe El elefante? ¿Por qué es tan intencionalmente patético el regimiento del soldado Iván Chonkin en Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin? ¿Qué representa el cadáver de una ballena exhibido como monstruosa atracción en medio de un pueblo remoto y helado? Una ballena salida de las páginas de Lászlo Krasznahorkai y filmada por Béla Tarr. ¿A quiénes representan las silentes hordas que desencadenan la violencia en Las armonías de Werckmeister? ¿Quién es el destinatario de las detalladas notas sobre la vida de sus vecinos escritas por el médico alcohólico de Satantango, la novela de Krasznahorkai (Melancolía de la resistencia) hecha cine también por Béla Tarr? Las interpretaciones quedan suspendidas detrás de cada historia, al lector/espectador le toca la responsabilidad de comprender lo que ocurre. En ocasiones, no todo puede decirse.

 

El comunismo fue en su momento el Cíclope que imperó sobre los países originarios de los artistas nombrados, esa experiencia es su principal punto de encuentro. Frente al muro dogmático y anquilosado sobre verdades fundamentales e irrefutables había que reinventar el discurso; es decir, narrar y filmar en clave. En estos oficios fueron expertos los checos; tenían que serlo, no todos estaban dispuestos a una inmolación al estilo Jan Palach, el joven que prendió fuego a su cuerpo como protesta política ante un régimen soviético inmune al quejido colectivo de una de sus colonias.

 

El cineasta Jirí Menzel se vale del humor para develar una de las prácticas reformadoras del comunismo, aquella que hace tabula rasa con los oficios de los hombres y los mete a todos sin distinción en una fábrica o en un sembradío a trabajar como obreros bajo los cánticos cuasi religiosos del partido. En Alondras en el alambre, un profesor de filosofía, un fiscal que aboga por el derecho a defensa de los condenados, un músico burgués que toca el saxo, y un cocinero apegado a la creencia religiosa de no laborar los sábados son parte de los trabajadores de una chatarrera, un alegórico lugar donde se funde lo viejo y se refunde lo nuevo. A Menzel la película le costó la prohibición de dirigir por unos años y a Bohumil Hrabal, el escritor de quien Menzel tomó prestadas sus obras para llevarlas al cine, se le silenció editorialmente durante los primeros años de la década del setenta y sus libros fueron recogidos de librerías y bibliotecas. Históricamente, ha sido titánico e inútil el esfuerzo de los censores por tapar el sol con un dedo, pues, como se sabe, las prohibiciones suelen acrecentar la curiosidad: Adán mordió la manzana, la esposa de Lot volvió la mirada, los libros de Hrabal se leían en clandestino.

 

Pero el Cíclope parece un animal no dispuesto a extinguirse. El mundo lo ha visto caer y ha celebrado su aniquilamiento, pero él renace, se reinventa, se fortalece y nosotros seguimos siendo los hombrecitos que intentamos acabar con él antes de que acabe con nosotros.

 

El lenguaje del Cíclope

 

¿Cómo contar lo que no se puede contar? ¿Cómo hacer vida en un lenguaje sustentado en supuestos, en medias verdades, en ocultamientos? Una sociedad subyugada bajo un poder entrometido hasta en los rincones de la casa se habitúa a vivir entre paréntesis, a respirar entre corchetes, a convivir bajo comillas, a refugiarse entre puntos suspensivos. Una sociedad así se acostumbra a hablar entre atajos.

 

Cuando el poder quiere encumbrarse como un poder totalitario, esa pretensión incluye el lenguaje. Bajo este tipo de dominio ideológico, el lenguaje se enrarece y se atrofian algunos de sus rasgos particulares: la potestad de nombrar mundo, la capacidad de develar verdad. El lenguaje ciertamente se hace prisionero, se oscurece y domestica bajo los intereses del poder.

 

Cuando la realidad comienza a ser acechanza para la estabilidad de los cabecillas de regímenes totalitarios (o para las copias desteñidas de estos regímenes), los cabecillas o el partido desbloquean otro nivel en su retorcido juego de control y van más allá: apuntan hacia esa realidad y la enfrentan con una realidad hecha de apariencia; es decir, con su propia reinvención de lo real. Sobre esto escribe Václav Havel en El poder de los sin poder, el pequeño libro de reflexiones que para pasar desapercibido por el gobierno comunista checo fue impreso bajo portadas con imágenes alusivas a esquelas de quinceañeras, inofensivas portadas que parecen cuadernillos para notas de jovencitas. Sobre la jugada totalitaria, dice Havel:

 

La ideología como interpretación de la realidad suministrada por el poder está pues subordinada siempre al interés del poder; tiende, por tanto, intrínsecamente a emanciparse de la realidad, a crear un mundo de «apariencia», a ritualizarse. Donde se da concurrencia pública y poder público y, por tanto, también control público del poder, se da obviamente también el control público del medio a través del cual el poder se legitima ideológicamente. En una situación de este tipo entran en acción los correctivos que impiden a la ideología separarse completamente de la realidad. En una realidad de tipo totalitario, estos correctivos de ordinario desaparecen y nada impide, por tanto, a la ideología alejarse cada vez más de la realidad y transformarse poco a poco en lo que ella es en el sistema totalitario: un mundo de “apariencia”, un mero ritual, un lenguaje cristalizado, falto de contacto semántico con la realidad y transformado en un sistema de signos rituales que sustituyen a la realidad por una pseudorrealidad (p.32).

 

Dentro de esta pseudorrealidad ocurre una manipulación, una perversión del lenguaje. En nuestro país (donde si bien no existe un régimen totalitario con todas las de la ley) los regentes salivan cuando sueñan con el control absoluto de nuestras vidas. Años llevamos padeciendo la intromisión forzada sobre la lengua. Con las reinvenciones que se han hecho sobre ella podría hacerse un diccionario del lenguaje revolucionario, además de un compendio de mantras y consignas para protegernos del mal, de la fuerza oscura del imperio que siempre está en nuestra contra.

 

Luis Moreno Villamediana en su cuento «El colocador» hace del lenguaje, su cristalización, el motivo del relato. La historia transcurre en una sociedad sospechosamente ficticia donde Anton Abish, un hombre mediocre y gris, encuentra empleo como colocador, cuya función consiste en poner a circular determinadas palabras que le son entregadas en una cartilla:

 

—Cada colocador recibe dos palabras. Su deber es asistir a los lugares especificados y buscarle conversación a quien se encuentre. En medio de lo que diga debe colocar las palabras asignadas.

—Muy bueno. Así hablamos todos lo mismo—dijo tío Anton.
—Exactamente. Las mejores sociedades funcionan como una sola alma.
—Exacto.

 

A lo largo del relato el colocador va adentrándose en una espiral donde el absurdo se impone y el lenguaje es corroído hasta no quedar de él más que vacío de sentido, cháchara, bullanga. Es ese el lenguaje del Cíclope, la cháchara monocorde, el evangelio del lenguaje único contra el que tenemos que luchar.

 

Que Ulises nos asista.

 


 

Sobre la autora:

Carolina Lozada (Valera, 1974) es licenciada en Letras por la Universidad de Los Andes. Resultó ganadora del I Certamen Internacional de Relato Breve El País Literario con el cuento «Viejo bar. Viejo tango» (Madrid, 2005); del Premio Municipal de Narrativa Oswaldo Trejo por el libro Memorias de azotea (Mérida, 2006) y del Premio Nacional de Narrativa Solar con Adictos y transeúntes (Mérida, 2007). Además, Historias de mujeres y ciudades obtuvo mención publicación en el I Certamen de Narrativa Salvador Garmendia (Caracas, 2006) y mención de honor en el II Concurso de Narrativa Antonio Márquez Salas de la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida, 2005). Su libro La culpa es del porno apareció en 2013.

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