Empleo del tiempo

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Entro a un cuarto, pequeño, que sumará en total 12 metros cuadrados, 33 cúbicos. Tan sólo tiene una ventana, rectangular, más alta que ancha, oculta tras una persiana con listones de madera. La luz, entre naranja y amarilla, se filtra de manera secuencial hasta proyectarse sobre el muro y luego, en un lánguido esfuerzo por abarcar otra dimensión, invade también una parte del techo. Dentro de una de las paredes reposa solitaria una puntilla de acero y, muy cerca, se abre paso una minúscula grieta que a medida que se recorre termina fundiéndose en el liso uniforme del pañete. El ambiente está tan inmóvil que parece el pedazo de un momento o la escena estática de algún crimen menor.

 

Un elemento en particular atrae mi mirada. Se trata de una serie de tarjetas en cartón que deben medir de largo lo que mide mi mano estirada, entre meñique y pulgar, y de ancho, lo mismo que un celular inteligente. Están organizadas en una retícula de siete columnas y cuatro filas y suman un total de veinticuatro, contenidas en un marco de madera gris.

 

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Recuerdo que en la ciudad en donde vivo hay una papelería y librería llamada La Panamericana. Es ahí donde los padres de familia compran los útiles escolares y los libros para sus hijos. También se ven artistas o quienes estudian para ello pasar por sus góndolas eligiendo materiales. Van los oficinistas a comprar una resma de papel y van las amas de casa en busca de pasatiempos que las saquen del hogar. Con el tiempo lo que era una miscelánea de cosas útiles se ha ido convirtiendo en una gran tienda por departamentos y ha dejado atrás el negocio ambulante, literalmente, de un señor que quiso emprender vendiendo libros en el centro de Bogotá. La competencia: una comercializadora de papel y un depósito de oficina.

 

Pasó por mi mente porque he visto esas fichas de cartón de color blanco y café compartiendo pasillo con talonarios, blocs de facturas, libros de contabilidad y otras particularidades burocráticas, justo en ese lugar. Lo sé porque he visto cien veces su inconfundible encabezado, grande y sobre impreso: Tarjeta Universal, control de asistencia. Unas fichas verticales hechas de un cartón Maule calibre 16, por un lado liso y esmaltado y por el otro texturado y poroso. Llevan impreso un organigrama para ser llenado. Preguntan por el nombre de una persona y su cargo laboral. Indagan por la cantidad de días trabajados en la lenta desidia de la quincena. Demandan saber si hubo faltas o retrasos. Cuestionan las horas y sus minutos, las pausas y la actividad. Reclaman la vida de alguien que en unas casillas rectangulares, pequeñas, de dos centímetros por uno, pueda reescribir el ritmo poco frenético de una vida aburrida. Son el testimonio impreso de la productividad y la cadena invisible que ata los pies del empleado a la corporación que compró su tiempo. Son un símbolo, una marca tenue de nuestra sociedad laboral.

 

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Y entonces las veo ahí, pulcras, en medio de ese cuarto, protegidas por una moldura que sostiene un gran vidrio. No están llenas. No de la manera tradicional. No atestiguan registros ni permiten imaginar una rutina sistemática. Por el contrario, están intervenidas, de manera sutil, con una serie de lápices de colores mezclados directamente con acuarela sobre el papel. Es una paleta de color con muchos azules y uno que otro amarillo, violeta, marrón o naranja. Parecen códigos que a veces se condensan para luego apartarse. Empiezo a entender que puede ser otra forma de medir el tiempo, tal vez una aliteración de la rutina. Asocio los primeros, arriba a la izquierda, a un amanecer. Los últimos, abajo a la derecha, a un anochecer. Reconozco que hay ahí un transcurso, un cielo que cambia a medida que pasa el día. Es como si alguien, tal vez un ocioso o un existencialista, hubiera decidido dejar el tiempo correr ante su presencia. Me convenzo de que esas veinticuatro tarjetas representan las veinticuatro horas del día y que esa paleta corresponde a unas atmósferas, a un clima, a unas particularidades de la luz y del ambiente de una ciudad en medio de la montaña, donde llueve, pero también escampa. Parece la prueba de que existe una ciudad tan grande y contaminada que produce esos atardeceres rojizos que se hacen brumosos con el violeta en un torbellino caótico de nubes. Hay detrás de esa imagen, la de las fichas, una sensibilidad hacia el papel, hacia el color, hacia un remedo oficinesco. Un equilibrio entre lo que se hace y se deja de hacer, entre lo que vemos y lo que vivimos, entre el pasar del tiempo y su eternidad.

 

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Leo en el respaldo de la pieza que se trata de una obra de arte. De un gesto para hablar de lo infraordinario*, de lo que significa pasar un día entero en un apartamento, de luna a sol, tan solo viendo el día pasar. Recuerdo que soy yo mismo, autor, en mi taller, jugando al detective para recordar la razón de ser de aquello que hice, hace dos años, en un continuo afán por entender la condición humana, sus nuevos tiempos y sus nuevas lógicas.

 

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* Lo Infraordinario es el título de un libro de Georges Perec que reúne 8 textos que hablan sobre lo intrascendente, lo banal y lo pueril. Son todos ejercicios de escritura creativa en los que el autor deja ver su fascinación por las listas, las descripciones y el juego de narradores.

 

 

*Acerca del artista

Daniel Salamanca es un artista visual, diseñador gráfico y profesor colombiano. Entre las muestras colectivas de las cuales ha hecho parte se destacan Frente al otro, realizada en El Parqueadero (Museo de Arte del Banco de la República) y en La Casa de América en Madrid, en el 2015; Tales On ERROR, llevada a cabo primero en la Casa de América en Madrid (2014) y luego en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá en 2015. También expuso en la sección Artecámara de la Feria de Arte Contemporáneo de Bogotá, ARTBO, en los años 2007, 2010 y 2012, en el 17º Festival Video Brasil en 2011, en la exposición Una enciclopedia para toda la familia, en el Museo de Antioquia en 2008, en los 13 Salones Regionales de Artistas, zona centro, en 2009 y en el II Salón de Arte Joven del Museo de Arte Moderno de Bogotá, en 2006. Individualmente ha realizado muestras en las galerías 12:00 (2011, 2013 y 2015), Nueveochenta (2015) y El Garaje (2011) de Bogotá, en la Galería Nomínimo de Guayaquil en 2014, en los espacios independientes Laagencia (2011) y Lugar a Dudas (2012) de Colombia y en el espacio institucional Sala Alterna a la galería Santafé en 2010. Paralelamente colabora con el estudio de diseño Mirona, que fundó junto a dos socios en 2008 y dicta una cátedra de introducción a la bidimensionalidad en la Facultad de Artes Visuales de la Universidad Javeriana, de donde es egresado. Ocasionalmente colabora con la revista de periodismo cultural Arcadia, investigando y escribiendo sobre arte y arquitectura.

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